viernes, 23 de noviembre de 2007

HOMBRE SINTÉTICO

HOMBRE SINTÉTICO.


Rodando por los bares de la calle Defensa, la mujer de agua conoció al hombre sintético.
Él apenas presintió que se trataba de un error se sintió afortunado.
Al día siguiente la llevó a ver a un primo alquimista. La hizo solidificar con arte y la convirtió en mujer mediática. Como estaba algo excedida de peso, la anotó en un
centro de recuperación contra la obesidad y la llevó al gimnasio tres veces por semana, le cambió el color de pelo y le compró ropa en la Bond Street. Luego, la exhibió orgullosamente a sus colegas médicos forenses.
Él estaba enamoradísimo, por eso, no pudo comprender la carta de despedida que la mujer de agua pegó con imán (una canastita de la abundancia) en la puerta de su heladera, tres semanas después:

-Te dejo. Sé feliz.

Su primer impulso fue llamar por teléfono a la oficina (le había conseguido un excelente empleo) para preguntarle. ¿Por qué?, ¿por qué?
La mujer de agua no estaba ni regresaría jamás por ese sitio, pero por el llanto angustiado del hombre sintético, que la despertó por la noche, comprendió que debía dar una explicación consoladora y personal.
Los hombres sintéticos no entienden de telepatía.
Consiguió comunicarse con el celular de su pretendiente, y le dijo casi sin respirar:

-Lo siento. No me gustaba tu ritmo circulatorio.

Las niñas de azúcar cande crecen y se vuelven descarriadamente sinceras y, muchas veces, lastiman a las personas sin querer.

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